España: Entre Cáritas y Top Chef

 

Ya se pasa de obsceno que en un país que presume de tantas estrellas Michelín se mueran tres personas intoxicadas por comer alimentos caducados. En paro y con la casa a punto del embargo, la pareja sobrevivía a base de ese precario ejercicio de funambulismo con el que tantos españoles van pagando su trocito de deuda para que Botín, Rato, Blesa y los demás bienhechores puedan mantener su tren de vida e izar bien alto el pabellón de la Marca España.

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Cola a las 7 de la mañana para recibir alimentos de Cáritas. El reparto ha comenzado a las 10 (Vía @moudetriana)

“He vivido 4 años cerca de ahí y las colas eran importantes. Un año después está multiplicada por 10″ (VictorGael en meneame.net)

 

La Marca España, para esta pobre gente, consistía en salir cada mañana bien temprano a recoger trapos y cartones revolviendo entre las basuras y ver de paso si encontraban algún cacho de pan duro que llevarse a la boca. Regresaban a casa ya de noche, derrengados, hartos de patear la calle, y se conoce que no tenían ni ganas de encender la tele para deleitarse con esos concursos de cocina donde un camarero sueña con refundar El Bulli igual que antes Joselito soñaba con ser un ruiseñor amaestrado por la radio. De aquellos trinos, estos caldos.

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Si hubiera estado atento a las maniobras profesionales de Chicote, a sus broncas monumentales en las trastiendas de ciertos restaurantes donde florece el moho, tal vez esta familia hubiera aprendido a preparar una merluza al horno o un salmón a las finas hierbas, pero tenían el paladar tan hecho al hambre que ni supieron distinguir el aroma preliminar de la muerte. Comían alimentos extinguidos, siguiendo las leyes elementales de supervivencia, la ética para pobres de Andreíta Fabra (“Que se jodan”) y el manual culinario de Arias Cañete, ese ministro de la picaresca que aconsejaba tomar yogures pasados de fecha y tapear de vez en cuando insectos, que no pasa nada, hombre.

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Vivían también en medio de un sistema caducado, entre los efluvios de una democracia putrefacta hasta el tuétano a cuya podredumbre nos vamos acostumbrando, haciendo el paladar, que ya lo tenemos hecho desde 1939 y sin recibir ni una sola desinfección ni una mala bronca de Chicote.

Luego, con los primeros retortijones, tuvieron la desgracia de llamar al Servicio Andaluz de Sanidad, que les hizo una primera visita para certificar que aún no estaban lo bastante enfermos como para merecer un viaje en ambulancia y una segunda, varias horas después, cuando ya estaban demasiado enfermos como para que la ambulancia valiera la pena. Al llegar al hospital, los doctores apenas pudieron salvar a una de las hijas y al resto les recetaron un certificado de defunción, el cual, al paso que llevamos, va a ser el remedio definitivo y natural de la crisis.

La España del tercer milenio no es más que otra reedición de la España negra y hedionda de la picaresca, el país lúgubre del Lazarillo, ese triste retal de Europa donde los poderosos, los banqueros, los sindicalistas, los ministros y las autonomías engordan como puercos a costa de la miseria ajena: un tocomocho tan viejo como el mundo pero que ahora recibe los sonoros nombres de capitalismo, neoliberalismo, socialismo y un largo etcétera de ismos con los que etiquetar el mismo timo ancestral, la misma mierda rancia de siempre. Una vez más hemos cocinado por encima de nuestras posibilidades.

Recopilación: Eternity
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Fuente: http://agenciaeternity.wordpress.com/2013/12/17/espana-entre-caritas-y-top-chef/